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“La identidad en los vínculos: cuando el otro define quién soy”

  • Foto del escritor: Adriana  Gomez Peña
    Adriana Gomez Peña
  • 2 abr
  • 2 Min. de lectura

La identidad no se construye en soledad. Desde los primeros vínculos, el ser humano se reconoce a través de la mirada del otro: en cómo es nombrado, en lo que se espera de él, en aquello que es aprobado o rechazado. En ese encuentro inicial, necesario y estructurante, se empieza a formar una idea de quién se es. Sin embargo, lo que en un inicio sostiene, más adelante puede convertirse en una dificultad si esa referencia externa termina reemplazando el propio registro interno.


Cuando el otro define quién soy, la identidad deja de sentirse propia y comienza a depender de la validación. La manera en que alguien se percibe puede variar según con quién esté, lo que recibe o lo que teme perder. En estos casos, no se trata solo de querer al otro, sino de necesitarlo para sostener una imagen de sí mismo. La relación deja de ser un espacio de encuentro y se convierte, muchas veces de forma silenciosa, en un lugar donde se busca confirmación constante.


Esto suele expresarse en pequeños gestos cotidianos: la dificultad para decir que no, el temor a incomodar, la tendencia a adaptarse incluso cuando algo no resuena internamente. No es simplemente complacencia, es una forma de preservar el vínculo y, con él, la sensación de identidad. Porque cuando el lugar en el otro se pone en riesgo, también lo hace la idea de quién se es.


En el fondo, lo que aparece es una pregunta no formulada: si el otro deja de verme de cierta manera, ¿sigo siendo eso que creo que soy? Esta dependencia puede generar relaciones intensas pero frágiles, donde el miedo al rechazo o al abandono ocupa más espacio que el propio deseo. Así, el vínculo se sostiene, pero a costa de una renuncia progresiva a partes de sí mismo.


No se trata de eliminar la influencia del otro, porque siempre será constitutiva, sino de poder diferenciarla. Empezar a reconocer qué de lo que se es responde a una historia compartida y qué emerge de una experiencia más propia. Este proceso no es inmediato ni cómodo; implica, en muchos casos, atravesar cierta incertidumbre, cuestionar identificaciones y tolerar momentos en los que no hay una respuesta clara.


Sin embargo, es precisamente ahí donde algo diferente puede comenzar a construirse. Cuando la identidad deja de depender exclusivamente de la mirada externa, los vínculos también se transforman. Ya no se trata de ser para el otro, sino de poder estar con el otro sin dejar de ser.


Por ZERA Psicología y Psicosentir y Actuar.

 
 
 

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